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Lecturas de julio: Ruth Ozeki, Bernhard Schlink y Patricia Highsmith

Los libros de julio han tenido un rasgo en común: en todos ha predominado el color amarillo. Una característica irrelevante, pero curiosa teniendo en cuenta que es verano y todo parece estar tintado de una capa cálida y canicular. Quizás haya sido algo inconsciente, pero estos tres libros han sido los que más me han atraído de entre todos los que esperan en mi estantería. Y aunque no haya sido un criterio de elección, sí se ha convertido en un patrón inconsciente.

Pero lo cierto es que los libros de julio me han dejado un sabor amargo. No puedo afirmar que haya disfrutado especialmente leyendo a lo largo de este mes, a excepción de algunos días y de algunos capítulos concretos. Quizás sea que detesto leer por compromiso, solo porque alguien te ha recomendado o prestado un libro, o por la presión por rebajar el montón de lecturas pendientes y así poder comprar otros libros que me apetecen más en este momento.

Sea como fuera, conseguí leer tres títulos, todos con registros y entornos distintos.


El efecto del aleteo de una mariposa en Japón, de Ruth Ozeki

Había visto la portada de “El efecto del aleteo de una mariposa en Japón” por todos lados, tanto en Instagram como en Goodreads y en la blogoesfera. Aunque la historia me parecía interesante, la portada de la edición en castellano no me atraía en absoluto, con esos colores estridentes. Tampoco me veía capaz de leer la historia en inglés por miedo a no entender completamente su significado. Así que lo aparté de mi mente hasta que mi amiga Clàudia me prestó su ejemplar y pude, finalmente, descubrir la obra de Ruth Ozeki.

Y, contra todo pronóstico, ha sido una lectura difícil. Me he sentido desconectada, inquieta y he fruncido el ceño a lo largo de toda la historia. No sé si puedo considerar “El efecto del aleteo de una mariposa en Japón” como una lectura que haya disfrutado. He estado preocupada por Naoko, la protagonista, y por todo lo que ella sufría: su retorno impuesto a Tokio; su añoranza de sus amigos y de su antigua vida en Sunnyvale, California; el cruel acoso escolar en las aulas niponas; los intentos fallidos de suicidio de su padre; e, incluso, la posibilidad de su muerte durante el tsunami del 2011.

Ruth Ozeki, autora y personaje del libro al mismo tiempo, narra la historia de esta adolescente japonesa que ha perdido las ganas de vivir. Pero que, gracias a su bisabuela, una pequeña monja budista de más de cien años, entenderá la importancia de vivir el momento y de hacerlo plenamente, aunque la vida sea efímera. Quizás porque la lectura del libro se me ha hecho densa y pesada, no he sabido apreciar la fuente de sabiduría que es este libro y la lección de vida y filosofía que Ozeki da a través de sus páginas.


El lector, de Bernhard Schlink

Tras una primera lectura de julio nada agradable, aposté por un valor seguro y elegí “El lector”, de Bernhard Schlink. Tropecé con esta edición de Anagrama en la librería Finestres y la cogí decidida, sorprendida de haberla encontrado y con miedo de que alguien pudiera robármela delante de mis narices. Habían pasado más de diez años desde que había visto la versión cinematográfica, pero al ver el lomo del libro recordé la historia con una claridad sorprendente.

Al empezar a leer viajé hasta el pequeño piso del Berlín de la posguerra, donde un adolescente David Kross leía en voz alta a una sencilla y madura Kate Winslet. Ambos sumergidos en una bañera de hierro, tintados de un color beige, cálido como un verano tórridos y de frágil calma.

A simple vista pueda parecer que Bernhards Schlink escribe sobre una historia de amor y de descubrimiento sexual. Pero creo que lo que el autor quiere expresar tiene un objetivo sociológico e histórico mucho más trascendental. Y es que, durante la lectura, la relación entre Michael Berg, un estudiante burgés de quince años, y Hanna Schmitz, una revisora de tranvía analfabeta, se me ha parecido más a una analogía.

Una analogía de la Alemania de después del nazismo, de un país inmerso en un conflicto nacional todavía actual y candente.

Schlink parece establecer una relación entre los personajes del libro y la aproximación generacional a la herencia de los nazis. Por un lado, la generación más vieja, que quiere pasar página sin hacer mucho ruido, que siente vergüenza, pero no encuentra su voz para expresarla y que, durante aquellos años, llegó a perder la capacidad por diferenciar el bien del mal. Y luego la más joven, enérgica, que busca, revuelve e intenta entender lo que pasó para evitar repetir los mismos errores, para poder recomponerse y redefinir sus conceptos de justicia, responsabilidad y moral.

Dos generaciones que, como Hanna y Michael, deberán encontrar la forma de convivir o abandonarse.

Por si la temática no me pareciera ya motivo suficiente para leer “El lector”, el estilo de Bernhard Schlink hace de este libro una auténtica delicia. Es sencillo y fluido, dividido en capítulos cortos, concretos y bien acotados. Una forma de narrar que me ha permitido evocar fácilmente las imágenes de la película que disfruté hace tantos años. Y volver, mentalmente, a sumergirme en esa vieja bañera teñida de beige.


Carol, de Patricia Highsmith

Me fascinaron los increíbles ojos de Cate Blanchet, la inocencia de Rooney Mara, su enamoramiento en la gélida Nueva York de los años cincuenta y su viaje hacia el oeste de los Estados Unidos. Creo que ni siquiera parpadee durante la película de “Carol, embelesada fotograma tras fotograma. Y como los 118 minutos de aquella historia no fueron suficiente, decidí leer el relato original escrito por Patricia Highsmith en 1952.

“Carol” se publicó por primera vez bajo el título de “El precio de la sal” y su autora era una desconocida Claire Morgan. Un pseudónimo elegido por Highsmith con el objetivo de evitar ser etiquetada como “escritora lesbiana”. No fue hasta 1989 que el libro se reimprimió con el título actual y bajo el nombre real de la autora.

Anécdotas aparte, “Carol” captura la fragilidad de la felicidad en una historia de amor entre dos mujeres. Dos mujeres de orígenes y esferas distintas. Carol es distante, distinguida, una mujer acomodada a punto de divorciarse. Pero Therese es una joven frágil y perdida en el mundo de los adultos, desamparada y totalmente arrastrada por la fuerza y abrumada por el magnetismo en el aura de Carol.

Su encuentro en unos grandes almacenes de Nueva York en la víspera de Navidad lo cambiará todo. Therese dejará de lado su vida en la ciudad para seguir a Carol en un viaje en dirección al oeste del país. Des Moines, Chicago, Denver… Cuanto más avancen, sentada en un antiguo Dodge compartiendo cigarrillos, más intensos se volverán los sentimientos entre ellas. Hasta el punto de arriesgarlo todo para poder vivir plenamente su amor, tan puro y único, en una sociedad que no estaba todavía preparada para entenderlas.

“Carol” es una novela enternecedora y trágica al mismo tiempo. Una lectura en la que sufres por Therese y en la que quieres ayudar a Carol de forma desesperada. Pero, a diferencia de las otras historias de amor homosexual de la época, esta tiene un final feliz.


¿Y en agosto?

En agosto quiero disponer de todo el tiempo para leer y volver a disfrutar de hacerlo. Espero poder hacerlo próximo cerca de la piscina, tumbada en la arena u oyendo el río de fondo durante las vacaciones de verano. De momento ya he empezado “Atrapa la llebre“, de Lana Bastašić, el reencuentro de dos amigas en Bosnia tras más de doce años de silencio. ¡Ojalá sea un placer de lectura!

Aina,

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