Pirineo
Viajes por Cataluña

Pirineo: vacaciones de verano en la montaña

Este verano se planteaba algo difuso. Yo llevaba algunos meses sin trabajar y empezaba a ver que esa situación iba para largo. La pandemia todavía era un riesgo a la hora de viajar, tanto médico como económico por la posible cancelación de los vuelos y el coste de las pruebas PCR. Así que tomamos la decisión más sensata y prudente: pasar las vacaciones cerca de casa.

Tenemos la increíble suerte de estar rodeados de amigos, conocidos y familiares que disponen de segundas residencias. Solemos recurrir a ellas cuando queremos escapar de Barcelona pero no tenemos presupuesto suficiente para hacer un gran viaje. Es entonces cuando nos vamos al Delta de l’Ebre o al Maresme y desconectamos algunos días en los apartamentos de nuestras familias. Así que cuando los tíos de Joan nos ofrecieron pasar algunos días de verano en su casa familiar en Gerri de la Sal aceptamos encantados.

Mi última visita al Pirineo de Lleida fue en 2018, cuando celebré con mis padres el puente de Todos los Santos en un Airbnb de Llavorsí. Y con estos recuerdos y las recomendaciones que nos dieron, planificamos muy relajadamente nuestras vacaciones de verano. Caminatas, excursiones, parques naturales… Queríamos disfrutar al máximo el bosque y la naturaleza, alejándonos de multitudes y gentíos. Pero poco no nos imaginábamos que sufriríamos una ola de calor durante esos días y que llegaríamos a los 40º en una zona de alta montaña.

Durante el viaje de ida, en el que atravesamos toda Cataluña en coche, el termómetro raramente bajó de los 38º. Observamos como subía a medida que nos adentrábamos, aunque manteníamos la esperanza que descendiera al acercarnos al Pirineo. Pero no fue así. Al llegar a Gerri de la Sal no nos quedó más remedio que tomarnos una cerveza bien fresquita cerca del río para refrescarnos. Todo el paisaje estaba cubierto por una broma de arena sahariana que nos había acompañado desde Barcelona.


Día 1: Santuari d’Arboló y la Noguera Pallaresa

Pero el primer día amaneció un cielo clarísimo. Las partículas del desierto habían desaparecido e, ingenuos, pensamos que las altas temperaturas se habían ido con ellas. Por eso no equipamos y pusimos rumbo a una pequeña ermita situada a 1,5 km de casa. Un recorrido corto con un desnivel pronunciado, un pequeño paseo para probar nuestro estado físico. Cruzamos el puente de Gerri y cogimos un pequeño camino sombrío que reseguía al río.

Pero al llegar al Santuari de la Mare de Déu d’Arboló las temperaturas habían vuelto a escalar. Aprovechamos la parada para buscar un geocaching escondido cerca de la ermita, beber mucha agua y descansar a la sombra de una higuera. Como la caminata nos había sabido a poco, bajamos por el sendero del santuario hasta llegar al río. Nos descalzamos y remojamos los pies en el agua helada. Nos sentamos en los guijarros que sobresalían y nos quedamos contemplando el silencio.

Por la tarde, agotados por el calor más que por el ejercicio, cargamos las viejas sillas de playa hasta el río. Hasta el mediodía, la Noguera Pallaresa baja tranquila a su paso por Gerri, ya que se regula su cabal para poder realizar actividades como el rafting o el piragüismo. Luego baja más fuerte y más turbia, pero igual de fría y limpia. Así que nos acomodamos en la orilla y leímos hasta que se fue el sol.

En este viaje me llevé «Les veus del Pamano«, de Jaume Cabré. Una historia de la posguerra española ambientada justo en la región del Pirineo que estábamos visitando. Fue toda una experiencia leer este increíble relato justo en el escenario donde se desarrollan todos los hechos. Reconocer algunos pueblos que aparecían en el libro en los carteles era un chute de emoción. Además, «Les veus del Pamano» se acabó convirtiendo en una de mis mejores lecturas del mes de agosto.


Día 2: Peramea y el Estanque de Montcortès

El segundo día, concienciados ya de la ola de calor que nos estaba asediando, decidimos recorrer la distancia hasta Peramea en coche. Este precioso pueblo se encuentra a menos de 5 km, pero el camino hasta allí es empinado y sin un ápice de sombra. Al llegar nos sorprendió el silencio, solo interrumpido por los cencerros del ganado. Subimos hasta la iglesia, custodiada por un peludo gato siamés de color gris brillante que nos siguió durante toda nuestra visita al recinto.

Siguiendo la carretera hacia el interior llegamos al Estanque de Moncortès. Sabíamos que íbamos por buen camino porque por los márgenes de la carretera vimos transitar gente cargando toallas y parasoles mientras charlaban animadamente. Llegamos al estanque después de recorrer un camino sombrío, lleno de vegetación y muy agradable. Tendimos nuestra toalla cerca del agua y nos tumbamos a contemplar las copas de los árboles. Nos hubieses gustado hacer un pícnic allí, pero no habíamos traído nada para comer, ni siquiera un libro para leer.

Nuestra idea inicial era hacer una ruta circular a pie por la zona. La excursión empezaba en Peramea y ponía rumbo al sur, hacia el Dolmen de la Mosquera, pasando por la Font de Sant Cristòfor. Seguía por la Creu dels Tremens i hasta Sant Andreu del Pujol, para luego visitar la ermita de Santa Anna en Cortscastell. A la hora del almuerzo queríamos haber hecho el pertinente pícnic en el estanque de Montcortés. Descansar un poco, quizás una siesta bajo los árboles, antes de visitar Bretui y volver de nuevo a Peramea.

Pero debido a la ola de calor, toda esta planificación quedó suspendida. Solo tuvimos fuerzas para visitar Peramea, el estanque, la fuente y el dolmen de la Mosquera, pero en coche. Ojalá podamos hacer este recorrido por el Pirineo en otra ocasión.


Día 3: Tírvia, Alins y Llavorsí

El tercero y último día en el Pirineo decidimos hacer un turismo más social: salir de nuestro aislamiento y explorar los núcleos con más vida de la zona. Por eso nos acercamos hasta Tírvia, un pueblo muy pintoresco situado en lo alto del cerro donde se unen los tres valles: Ferrera, Cardós y Coma de Burg. Lo descubrí con mis padres hace unos años, mientras pasábamos unos días en Llavorsí. Y lo visitamos con la misma finalidad que entonces: probar su coca de vidre y sus panes. Por desgracia, no recordaba que es necesario encargar el pan con algunos días de antelación, por lo que solo pudimos hacernos con un trocito de esta masa dulce, la mejor del Pirineo.

La segunda parada en este día en ruta fue Alins. Tras el confinamiento, se había abierto una librería en el pueblo, de menos de 100 habitantes. La idea había sido de Meritxell Anfititre Álvarez, una periodista que había vuelto a su localidad de veraneo tras la pandemia, decidida a cambiar su vida. La librería NaturaLlibres es un espacio acogedor, muy rústico, especializado en naturaleza, senderismo, alpinismo… Y una excusa perfecta para conocer el pequeño núcleo de Alins. Allí compramos algunos libros: un libro infantil sobre insectos, editado en el Pirineo; “Els dics”, de Irene Solà; “Las niñas buenas no van al Polo Sur”, de Liv Arnesen; y “Nou llegendes”, de Carli Bastida. 

Y terminamos el recorrido en Llavorsí. Tomamos un vermut en el Carrer Major, vimos la Noguera Pallaresa confluir con el río de Cardós y comimos en el Hotel del Rei. Compramos aguardiente de pino, mermelada de cerezas y membrillo y paseamos cabizbajos, conscientes que aquella sería nuestra última tarde bañándonos en el río.

Pero antes de volver a casa hicimos una última parada para comprar provisiones. Nos desviamos hasta Altron, uno de los escenarios de la novela de Jaume Cabré donde, curiosamente, hay una de las mejores queserías del Pirineo: La Peça d’Altron. Cristina, la encargada, nos explicó todo tu proceso de elaboración y nos vendió las últimas piezas que le quedaban en la tienda. Como con el pan de Tírvia, ¡la próxima vez haremos bien en llamar antes de ir! Así nos aseguraremos unas buenas provisiones para la vuelta.


Fueron unos días de desconexión y descanso, de un contacto con la naturaleza que echábamos mucho de menos. Pero nos quedamos con las ganas de volver, de hacer excursiones y paseos sin las altas temperaturas de este verano. Y es que para mí, el mejor momento para visitar el Pirineo es en otoño. Con el follaje rojizo, los caminos crujientes llenos de hojas secas y el aire frío, anunciando nieve. Por eso sé que volveremos, tarde o temprano volveremos.

Aina,

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