Solo Trip

Lisboa: mi primer solo trip

Hacía tiempo que la idea de viajar sola me rondaba por la cabeza. Había leído artículos de chicas que habían visitado Sudamérica para ver las salinas de Perú; que habían recorrido los países nórdicos en trineo; o que habían cruzado toda Rusia montadas en el transiberiano con la única compañía de una cámara y su maleta. Me parecían admirables, las envidiaba, pero por más que quería convertirme en una de ellas, a la hora de la verdad no podía dejar de ver esas experiencias como una proeza ajena de la que nunca iba a ser la protagonista.

En agosto de 2019 mi realidad estaba a años luz de esas vivencias trepidantes: de viaje con mis padres, perdida en medio del Pirineo francés, en plena crisis existencial (la número 273489201 de los últimos meses), atrapada en un verano para olvidar. Lluvia, libros, mercados regionales, mucho tiempo para pensar y pocas distracciones a mi alcance. Tras algunas noches de insomnio y muchas horas reflexionando sobre mi situación y mi futuro, decidí comprar un billete de avión a Lisboa.

Para mi sola 😱

Sola sí, pero cerca de casa

Creo que me pareció una vía de escape, una manera de salir de ese bucle de negatividad en el que llevaba inmersa mucho tiempo. Me imaginé sola en una nueva ciudad, viviendo una nueva aventura que sería solo para mí. Y si bien era cierto que quería convertirme en una viajera solitaria intrépida, a la práctica sentía un poco de miedo y respeto. Honestamente, tampoco necesitaba exponerme a todos los peligros de viajar en solitario en mi primera vez. Así que fui conservadora a la hora de elegir destino.

Por su proximidad y su carácter, Lisboa me pareció la mejor opción. Había visto infinidad de imágenes de sus calles adoquinadas y podía imaginarme fácilmente fotografiando sus fachadas de azulejos, comiendo pastéis de Belém cerca del Tajo y escuchando música en directo sentada en la sombra de alguna plaza.

Así que el 30 de septiembre, a las 06:40 h, embarqué en el vuelo VY8460 con destino a la capital portuguesa. Con destino al sur, a la luz y un poco más cerca de mi misma.


Día 1

Mi Airbnb en la Lisboa más bohemia

Aterricé medio dormida, buscando desesperada una cafetería. Tomé un taxi después de intentar sin éxito contactar con mi conductor de Uber. Un poco cortada, le enseñé al conductor el documento de Notes donde tenía anotada la dirección de destino. Nunca me he sentido especialmente cómoda hablando con desconocidos, pero en ese caso ni siquiera me veía capaz de pronunciar el nombre de la calle: Rua Quintinha, número 54.

¿Un apartamento para mi sola?

Quizás hubiese sido más fácil y más seguro alojarme en un hotel, pero me pareció que sería demasiado frío y que me sentiría muy sola, entre tanta formalidad. Acostumbrada a alojarme en AirBnBs con mis padres y mis anteriores parejas, repasé el portal de arriba abajo hasta encontrar el alojamiento con el que me sentía cómoda: una habitación privada con baño compartido en un apartamento de Bairro Alto. Era bonita, con un diseño minimalista y mucha luz, y a un precio asequible.

Aunque el objetivo del viaje no era conocer a gente de otros países (ni siquiera me planteaba entablar conversación con otros huéspedes), pensé que sería buena idea alojarme en un espacio compartido. Por suerte o por desgracia, no coincidí con nadie, así que sentí que tenía todo el espacio para mi sola.

El bullicio de Bairro Alto & Chiado

Desayuno en Copenhagen Coffee Lab

Lo sé, no suena muy portugués, pero después del madrugón, el viaje en avión y de hacer el check-in en el apartamento, decidí desayunar en una cafetería cercana. Justo detrás de mi apartamento descubrí un local tipo nórdico (en aquella época vivía obsesionada con el mundo escandinavo) y me pareció una buena manera de empezar el viaje. Sentada junto a la venta de Copenhagen Coffe Lab, y mientras seguía con la mirada a los transeúntes ajetreados que desfilaba por la calle Nova da Piedade, me tomé un bollo de cardamomo y un café bien cargado.

Del Tranvía 28 a Praça do Comércio

Tras recargar pilas, recorrí Bairro Alto de arriba abajo. Esperé el famoso y fotogénico 28 para disparar algunas fotos y me aparté en Rua Poiais de São Bento para dejar pasar otros tranvías destartalados. Callejeé hasta llegar a la Praça do Comércio, donde me quedé boquiabierta con la extensión de la explanada. Jamás había paseado sola por una ciudad desconocida y, aunque al principio me sentí un poco desubicada, no estaba echando de menos a nadie.

Con el cambio a la hora portuguesa, me vi entrando en Manjerica antes de lo esperado. Era la primera vez que pedía mesa para uno (y que, por consiguiente, comía sola en un restaurante). Era la única comensal del local y me sentí un poco incómoda al capitalizar las miradas de los camareros. Suerte que al poco rato entraron dos mujeres que también comieron solas y eso me reconfortó. Fue en Manjerica donde entendí algo que defienden muchos viajeros solitarios: el placer de comer a solas, de saborear cada bocado sin tener prisa por retomar una conversación. Y me gustó.

Mi rincón favorito de Lisboa: Praça Luís de Camões

Después de recorrer el centro de Lisboa, encontré la floristería más famosa de la ciudad en la calle Garrett justo al lado de la Livraria Bertran, la más antigua del mundo. Como si estuviera en Barcelona, entré a hojear libros y a buscar ediciones portuguesas que nunca hubiese visto. El espacio, dividido en diferentes salas que se sucedían a través de pequeñas arcadas, tenía aires de biblioteca, un espacio que suelo asociar a momentos en soledad y de concentración. Compré una guía de Lisboa y me senté a estudiarla a los pies de la estatua de la Praça Luís de Camões.

Creo que fue justo en ese momento cuando tomé consciencia de estar totalmente sola en una ciudad desconocida a kilómetros de casa. Durante todo el día había tenido la sensación que aquello era una “experiencia”, que en algún momento aparecería una amiga o mis padres, que me reuniría con alguien para cenar y le contaría cómo había ido. Era un sentimiento en segundo plano, que no me agobiaba, pero que de fondo estaba presente. Pero en esa plaza me di cuenta de que ese momento no llegaría y que la realidad era otra.

Agotada por el trajín del primer día, y también un poco acaparada por la sensación de soledad, decidí comprar la cena en algún puesto cercano e irme al apartamento a descansar. Paré en Yallah para pedir falafel y vi el sol esconderse por Poiais de São Bento. Comí en la cocina del piso completamente en silencio, chateé tumbada en la cama y me puse alguna película de Netflix antes de dormirme profundamente, como si estuviese en casa.


Día 2

Vista de pájaro de Lisboa desde Alfama

Me desperté algo confundida, preguntándome si realmente estaba en Lisboa, si seguía sola, si tenía que salir de la cama. La noche antes me había dormido algo preocupada por si no se me ocurría nada que hacer, o por si me aburría y me sentía triste. Así que me mentí en la ducha pensando en Alfama, el barrio más antiguo de Lisboa, y con la idea de subir a todos sus los miradores.

Pero antes, Dear Breakfast

Para coger fuerzas desayuné en Dear Breakfast, uno de los locales de moda entre los jóvenes lisboetas y los turistas más hipsters. Aunque fue una decepción (abrieron con retraso y me sirvieron un té matcha más gris que verde), la localización era increíble y la música jazz muy agradable. Repasé mis notas, localicé las ubicaciones en el mapa, y me dispuse a subir las cuestas de Alfama.

Los miradouros: tejados, cruceros y música en directo

Cogí el Elevador da Baixa para guardar fuerzas y mi primera parada fue en el Miradouro de Sta. Luzia. Rodeada de turistas, flores y música en directo pude ver los grandes cruceros amarrados detrás de los edificios. Me detuve un momento a observar y tomar aire, sorprendida de la increíble densidad urbanística que acababa de descubrir.

Seguí subiendo por las callejuelas de Alfama viendo ropa tendida en cualquier ventana, coches aparcados en situaciones imposibles y cruzándome con muy pocos locales. Conseguí llegar hasta el Miradouro da Graça sin mapa, solamente siguiendo la banda sonora de Amélie que alguien tocaba en un teclado eléctrico a la sombra de un árbol. Este mirador permite observar el lado sur de la ciudad, denso, caótico, como una maqueta de colores pastel. Sentí algo especial al encontrarme allí por casualidad escuchando a Yann Tiersen retumbando desde lo más alto de Lisboa.

Comer cruelty-free en Ao 26

La mejor comida vegana de Lisboa

Tras el ascenso y una merecida pausa, bajé las calles serpenteantes fotografiando todas las puertas coloridas que encontraba y volví al barrio de Chiado a comer. Aunque era pronto, tenía demasiadas ganas de ir a Ao 26, un restaurante vegano que se convirtió, sin duda, en mi local favorito de Lisboa. Tan agradable fue la comida que volví una segunda vez, algo que no suelo hacer cuando estoy de viaje.

El primer día compartí mesa con una mujer de mediana edad que tecleaba sin descanso en un portátil viejo. Intercambiamos sonrisas, pero cada una volvió a lo suyo y yo aproveché para leer. El segundo día, en una mesa individual en medio del local, me sentí más observada por todos los trabajadores de las oficinas cercanas, que aprovechaban su pausa del mediodía para comer y charlar.

Un paseo sin prisa por Belém

Tras pasarme el día en la colina de Alfama y comer en las calles oscuras de Chiado, me apetecía pasar la tarde en un espacio abierto. Cogí el tranvía (no sin antes volver atrás, hasta una estación de metro, para poder comprar un billete) y me dirigí a Belém. Esta zona es famosa por sus Pastéis da nata, también conocidos por el topónimo, algo que pude ver desde la ventana del tranvía: larguísimas colas se formaban en cada tienda de dulces en ambos lados de la calzada.

Fado con vistas al Tajo

Bajé cerca de Padrão dos Descobrimentos, un monumento en honor a Enrique el Navegante, el rey de Portugal en su momento histórico de expansión. La estatua, justo en la orilla del río Tajo, mide 52 metros y, aunque esto no aparezca en Wikipedia, proyecta una sombra deliciosa en la que sentarse a contemplar el agua. Tuve la suerte que alguien tocaba música en directo justo en ese momento y fue como una película. Estaba tan a gusto que incluso silencié el teléfono, cerré los ojos y me limité a disfrutar.

Sintiéndome un poco mareada por tanto sol, pero a regañadientes, me obligué a llegar a la Torre de Belém antes de volver a Chiado. Fue una visita breve, porque quería acercarme a la tienda de cerámica a kilos Cerâmicas na Linha. Un amplio local lleno de piezas de todos los estilos, ordenadas y perfectamente clasificadas. Evité pasar más tiempo de la cuenta, recordándome que la última vez que compré cerámica en un viaje no llegó entera a casa.


Día 3

Un viaje en tren a Sintra

Antes de llegar a Lisboa ya había visto increíbles imágenes de Sintra: shootings en castillos a todo color con bosques densos de fondo. Un paisaje de cuento medieval perfecto para desconectar del bullicio urbano de la ciudad. A pesar de los comentarios negativos de mi hermana y de algunos amigos que lo habían visitado recientemente, quería hacerme una idea propia de Sintra, así que cogí el tren muy pronto y me dirigí hacia el oeste.

Evidentemente: tenía miedo. A equivocarme de tren, a perderme, a no saber volver, a no entender los carteles, a tener que hablar con un desconocido y que no me entendiera. Estaba nerviosa por coger un tren sola, sentía que no tenía el 100% del control de la situación. Learning: en un sitio turístico (y solo en esas circunstancias) haz lo que haga la mayoría.

Y así llegué a Sintra, sana y salva.

El Palacio Nacional da Pena: concurrido y colorido

Y allí me llevé mi mayor decepción. Cola para coger el autobús para subir hasta el recinto; cola para comprar las entradas; cola para coger el remontador hasta la cima; cola para acceder al palacio. Cola, cola y más cola, incluso para comprar agua o para hacer fotos. Sentí que estaba atrapada en una atracción turística a todo color, rodeada de foranos buscando el post perfecto para su Instagram. Qué horror.

Muy desencantada y algo agobiada, rodeé el palacio para ver el océano Atlántico desde lo alto de su muralla y así poder respirar un poco. La temperatura había descendido notablemente y estaba tiritando, así que me comí rápidamente mi bocadillo reblandecido y me dispuse a bajar del monte para visitar el pueblo. Pequeño, explotado, turístico.

A las tres y media de la tarde estaba de vuelta a Lisboa, arrepintiéndome de haber perdido la mañana visitando Sintra.

La última tarde en Lisboa

Y el mejor helado de la capital lusa

Para consolarme, tan pronto puse un pie en la ciudad me dirigí hasta una de las mejores heladerías de Lisboa: Santini, en Rua do Carmo. Pedí helado de mango y melocotón, en un abuso evidente de los sabores dulces, y me senté en Praça Luís de Camões. E hice balance. Quedaban menos de 24 horas para coger el avión de vuelta y me di cuenta de que ¡había sobrevivido! Y, además, lo estaba disfrutando.

De repente me sentí feliz, aunque solo fuera por unos instantes. Estaba sola y estaba contenta de estar sola, de haber organizado el viaje a mi manera, haciendo solo lo que me apetecía, sin responsabilizarme de nadie y sin tener que dar explicaciones. Para celebrarlo, me acerqué hasta un restaurante indio para comer un buen curry y ya no me sentí observada, ni me puse nerviosa, cuando me senté en la mesa y me di cuenta de que era la única comensal del local.


Día 4

Antes de embarcar

Con una sensación agridulce empaqueté mi ropa de verano, consciente que en Barcelona me esperaban nubes y lluvia. Por suerte, todavía tenía algunas horas antes de embarcar y quería aprovecharlas. Pero a diferencia de los otros días, para esa mañana no tenía nada en mente. Así que dejé la maleta en el comedor del apartamento y me dispuse a merodear los rincones de Lisboa que me quedaban por ver.

El último desayuno en Comobå

No tenía prisa, así que tranquilamente me dirigí hasta Comobå, una cafetería/matcha bar a desayunar. Su presencia en redes ya me había seducido por su filosofía, y solo llegar el enamoramiento se materializó en forma de tazón de matcha bien denso, bien verde y bien lleno. A mi lado, una pareja joven con una pequeña desayunaban tortitas, avocado toast y grandes tazones de café. Si hubiese estado en Barcelona, el ambiente familiar y cercano me hubiese invitado a sacar mi libro y a pasarme allí la mañana.

Intentando ver algo distinto, reseguí el litoral de la ciudad sin llegar al paseo del Tajo. Vi The Pink Street, que me pasó casi inadvertido a plena luz del día y crucé de nuevo la Praça do Comércio hasta llegar a la tienda de Benamor. En todos mis viajes suelo comprarme algo de recuerdo: un llavero, una posta, un libro… En Lisboa había comprado algunas latas de conservas y algunos Pastéis de nata para mis padres, pero no tenía claro qué quería para mi. Hasta que di con esta marca de cosmética portuguesa fundada en 1925. Teniendo en cuenta las restricciones aéreas e intentando que fuese un souvenir útil y 100% local, me compré un aceite de rosas que a día de hoy (un año y medio después) todavía utilizo.

Adiós Lisboa, hola de nuevo Barcelona

Un poco entristecida, comí en mi restaurante vegano favorito como despedida y recogí mi maleta en el apartamento. El Uber (esta vez sí me había encontrado) me estaba esperando en la puerta. Recorrimos los barrios más modernos y alejados del centro, que descubrí desde el asiento trasero del vehículo. Cabizbaja arrastré la maleta por la terminal, enseñé mi identificación y embarqué en un avión lleno de directivos españoles de vuelta a casa un jueves por la noche.

Uno de ellos me contó que, curiosamente, ese fue el único vuelto de TAP Air Portugal que había cogido y que llegaba puntual a Barcelona en todo lo que iba de año. Por algún motivo, tras cuatro días sola en Lisboa, ya no me importaba hablar con desconocidos en un avión.


“Debería haberlo hecho antes”

Desde que volví he pensado muchas veces que debería haberlo hecho antes. Evidentemente la pandemia ha frustrado cualquier intento de repetirlo, pero estoy segura de que en el futuro volveré a viajar sola por la paz, la fortaleza y el inmenso autoconocimiento que proporciona. Y porque para mí, en ese momento en el que estaba tan perdida y tan triste, fue una increíble inyección de amor propio y autoconfianza.

Aina,

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